14 abr. 2012

Dreaming about kisses...


La brisa se enredaba en su pelo, haciendo que de su rostro sólo fuesen visibles sus ojos. Se había quejado un par de veces, pero puesto que la brisa no desistía, se había dado por vencida. Me recreé unos instantes en su mirada; sonriente, entrecerrada por el efecto de la brisa.
Era tan hermosa.
Cada día intentaba retroceder hasta el momento en el que su rostro me pareció el más perfecto que había visto jamás. Nunca lo conseguía. Creo que desde el primer momento en que la vi, siempre estuve enamorado de su risa, de su mirada, de su forma de ser; tan inocente, tan ingenua, tan adorable; pero tan fuerte a la vez. La quería tanto.
Ella habla, cuenta relatos sin parar. Tiene una voz tan dulce. Y siempre me hace reír. He oído que eso es muy importante, y creo que es cierto. Sé que a su lado podré ver siempre el lado positivo de las cosas. Con sus palabras amables, sus sonrisas, sus abrazos.
Sin quererlo, imagino cómo sería vivir con ella. Casarnos y formar una familia. Tendríamos dos niños. Ella ya tiene los nombres y me gustan los que ha escogido. Seríamos buenos padres, de eso estoy seguro. Y tendríamos un monovolumen. Sí, para irnos de excursión los cuatro. Viviríamos en una casa terrera con un fuerte perro guardián y un jardín dónde poder hacer barbacoas, poner una piscina en verano o columpios para los niños…
Un quejido me hace volver a la realidad de golpe. Cuando la miro, veo que está inclinada hacia delante con una mano en la boca.
- Vaya, ya me he vuelto a romper el labio. Los tengo demasiado secos… - se da varios toques con el dedo, el cual se le mancha enseguida de sangre.
- Espera, tengo que tener un pañuelo por aquí… - digo presuroso mientras rebusco en los bolsillos de mi chaqueta. – No te lo toques con el dedo, podrías empeorarlo.
Ella asiente y aparta la mano. Parece doler, aunque no muestra quejas de ello. No suele quejarse demasiado. Es algo que también admiro de ella.
Saco un viejo paquete de pañuelos medio arrugado del bolsillo. Vacío. Maldigo en voz baja mientras lo tiro al aire y dejo que el viento lo arrastre. Ella me mira y suspira, volviendo a llevarse la mano a la herida. En un impulso bastante inusual en mí, me abalanzo y la detengo. Ella me mira sorprendida, se muerde el labio para lamer la sangre, demasiado abundante para una herida tan pequeña, y su rostro se torna en una mueca de dolor, aunque no profiere quejido alguno.
Sin pensarlo, me pego más a ella. Por un segundo pienso que no soy yo el que está actuando. No me reconozco a mí mismo. Pero no me detengo. Algo en mi interior me insta a que continúe, que no pierda ni un segundo más… que ya he callado a mi corazón el tiempo suficiente.
Estiro la manga de la chaqueta hasta que mi mano queda semi oculta dentro y, con el dedo pulgar, doy la vuelta de tal manera que queda recubierto con el reverso. La mano que me queda libre, la apoyo en su cuello para mantenerme firme, y de paso, intentar infundirle seguridad. Ella permanece quieta, petrificada, mirándome con gran sorpresa en los ojos. Poco a poco, con pequeños toques, le voy secando la sangre que sigue brotando, cada vez menos. Intento no mirarla a los ojos, no al menos hasta que no termine. Pero sé que ella me está mirando a mí, puedo sentirlo. Hace que me ponga demasiado nervioso.
Mantengo la calma. La herida cicatriza, pero yo sigo sin alejarme de ella. Retiro la manga de la chaqueta del pulgar, el cual, una vez libre, deslizo con suavidad a lo largo de su labio inferior. Y la miro. Sus ojos apuntan a mi boca. ¿Es deseo lo que percibo en su mirada? Iluso, debo de estar soñando.
Nuestras miradas se cruzan y entonces es cuando me decido. Llegados a este punto, mejor terminar lo empezado. Lentamente, acerco mi rostro al suyo, el cual atraigo a su vez hacia mí con la otra mano, que aún tengo posada en su cuello. Rozo sus labios, tembloroso. Los envuelvo con los míos por un instante. Y entonces siento como todos sus músculos se relajan. No… ¿no está sorprendida? Por algún motivo eso me asusta más y me separo rápidamente, avergonzado de no haber podido contenerme.
Un momento. Sin darme cuenta, ella había puesto una de sus manos en mi costado. Al separarme noto como presiona para que no me aleje. Volvemos a mirarnos. Ella parece indecisa, pero aún así no disminuye la presión de su mano. Sonrío inevitablemente y, sujetándole el rostro con ambas manos, la beso. La beso con ímpetu, dejando salir todos los sentimientos que llevaba guardando desde hacía años, desde que vi su rostro por primera vez, desde que la escuché pronunciar mi nombre sin aún conocernos…
Una lágrima resbala por su rostro y me detengo, preocupado. Nunca la había visto llorar. ¿Era ahora el causante de sus lágrimas? Me sentí despreciable. Pero ella habló rápidamente.
- Lo… lo siento… no te asustes… son… son lágrimas de felicidad… - me miró y me sonrió. Y supe que era cierto. Era la primera vez que la veía llorar, y me alegraba que fuera de felicidad. Le devolví la sonrisa y, una vez más, la besé. Ahora sin miedos, sin inseguridades, decidido. Yo era feliz. Y ver que ella también lo era… eso era indescriptible.