14 abr. 2013

¿Involución? Yo me niego.

          Han pasado ya años desde la última vez que recuerdo tener aquella agilidad mental de la que tanto presumía, y sigo presumiendo, a pesar de haber notado como ha ido mermando a un ritmo demasiado apresurado como para asimilarlo. 
          Es fácil achacar este deterioro a la rutina, a las responsabilidades; al estrés y las preocupaciones, pero analizando todos estos factores en profundidad, ninguno de ellos es excusa para haber dejado tan abandonadas aquellas facultades que tanto apreciaba de mí: la agilidad lectora, la virtud de escribir, la facilidad de plasmar todo aquello que pasaba por mi cabeza en un papel sin llegar a someterla a infinitas intervenciones de mejora. 
          Echo de menos presumir de haber leído 20 libros al año, cuando hace años que a duras penas logro rozar la cifra de los 10.
          Hoy me he dado cuenta de que no quiero seguir a este ritmo, no quiero que mi cerebro se atrofie, no quiero quedarme callada durante debates culturales por no haber tenido el tiempo necesario para retener ese conocimiento. Quiero ser esa cita en la que nunca habrá un silencio incómodo, esa esposa que es capaz de hablar de cualquier tema, esa madre que sabe como contestar a las preguntas de sus hijos, esa abuela que deleita a sus nietos con aventuras, ya sean reales o fantásticas, que los hace viajar a otros mundos, haciéndoles presumir en el futuro de los cuentos con los que habrán crecido. 
          Siempre me ha gustado ser una mujer culta, y no pienso dejar que la rutina, el trabajo, las preocupaciones me lo impidan. Porque el saber no ocupa lugar, y un tiempo invertido en aprender, es un tesoro de un valor desmesurado, ya que, si hay algo que realmente nos llevaremos a la tumba, son todas nuestras experiencias y conocimientos adquiridos.