18 jul. 2013

Retorno a la escritura. Post de desahogo.

Llega un momento en el que toca preguntarse si debes abrirle las puertas a la ilusión.
Cuando nunca te has ilusionado puede que la respuesta sea más sencilla que cuando has vivido más de una vez como esa ilusión se rompe el mil pedazos.
¿Estarías dispuesto a volver a pasar por ese inmenso dolor?
Y ahí descubres la respuesta.
Miedo.
Pánico.
TERROR.
Todas las señales te invitan a seguir, a arriesgar. Pero claro, aparece un grano de arena en mitad del camino y ya te arrodillas ante él, rezándole a toda deidad conocida para que haga desaparecer ese obstáculo y te deje continuar tu camino, cuando resulta que tienes ante ti un letrero en luces de neón que te indica el final de esta etapa y que eres incapaz de visualizar porque ese miedo te hace de cortina.
Bien pensado, mas que de cortina, de telón. El pesado, grueso, suave y rojo telón del teatro en el que se representa la obra definitiva de tu vida. El fallo está en quedarte en la platea en vez de subir al escenario, esperando a que tu propia historia, tu propio final feliz transcurra ante tus ojos en vez de subir a enseñárselo al resto del mundo.
¿Por qué no te paras un momento a pensar en que podría salir bien? ¿Por qué tienes metido en esa cabecita de mortero que, porque antes te haya ido mal, ahora va a ser igual?
Dicen que la vida sin riesgo no es vida, y que el amor sin dolor no es amor. Si hasta ahora el evitar el riesgo ha incrementado el dolor, ¿por qué no probar a asumir el riesgo esperando disminuir el dolor? Una regla de tres. Acción, reacción.
La parte más graciosa de toda esta historia es que la mente que tiene tan claras estas conclusiones sigue sentada en la platea con un paquete de palomitas, chocolate y una caja de pañuelos esperando el final feliz de la obra.
Al fin y al cabo, la solución termina siendo dejar de pensar en cómo recogiste esos trozos de ilusión para tratar de pegarlos nuevamente y centrarse en quien ha conseguido unirlos de tal manera que ya no se notan las juntas entre ellos.
¿Por qué resulta tan difícil ilusionarse una segunda vez? ¿Se descoloca algo dentro del cerebro que nos impida volver a ser capaces de confiar y soñar sin miedo a la caída?