15 ene. 2017

Para ti. Sea cuando sea.

Puede que nunca llegues a leer esto. Tampoco pondré la mano en el fuego, pero el porcentaje es alto de todas todas. Por ahora será mejor que no lo hagas, no estoy en plena forma y se que hablar contigo no me vendría demasiado bien. Solo... voy a imaginarte, ¿vale? Es algo que a estas alturas tampoco se me da nada mal. Tengamos un minuto de silencio por este chiste tan malo.

¿Qué quiero decir? ¿Qué puedo decir? Tengo tantas ideas sueltas que no se por cual empezar. A lo mejor por la que me ronda desde hace días de decirte que te echo de menos. Te echo de menos a rabiar. Con toda la rabia contenida de no haber podido tenerte. Toda la rabia de saber que habríamos encajado tan bien. Toda la rabia que me provocó el miedo, la distancia, todos esos factores negativos que se comieron todo nuestro mundo. Tanta rabia que arde y escuece.
Se que ya te avisé, que estoy en horas bajas, puede que mañana me arrepienta de haber dicho todo esto, de sentirme tan vulnerable, de echarte tanto de menos todavía... han pasado tres meses. Dicen que se necesita la mitad del tiempo invertido para empezar a olvidar. En ese caso, todavía me quedan un par de lunas por delante.
He estado en la playa bajo la luna llena. Pensando. Soñando.
A lo mejor estaría bien que supieras que conocí a alguien, pero que con la misma que vino se fue. Y pensé aún más en ti. Ahora tengo el recuerdo de un beso que debería haber sido tuyo, de esos labios con los que tantas noches soñé y tantas veces imaginé sobre mi cuerpo. Esa boquita que me susurraba que me quería desde tan lejos, pero de una forma tan íntima... que a lo mejor no era cierto, pero que de verdad me lo creí. Y me acurruqué en ese amor para sentirme protegida, para coger fuerzas, porque me hiciste descubrir cosas de mí misma que desconocía por completo.

A parte, estoy en una etapa de incertidumbre. Tengo dos semanas de vacío vital en las que no se lo que me espera. Pensé que podía sobrellevarlo sola, pero hay momentos en los que me haces tanta falta, diciéndome que todo saldrá bien, que podré con lo que venga... puedo imaginar tus brazos fuertes rodeándome, tu nariz en mi cuello, a lo mejor una lágrima resbala por mi mejilla hasta descansar en tu hombro y entonces me estrecharías tan fuerte que todo ese miedo se esfumaría mientras estuviera dentro de ese abrazo. Ese abrazo que me persigue en estas noches de frío y que me hace sentir mi cama más grande que nunca.

No, no puedo hablar contigo ahora mismo. No en el plano real. No es justo para ninguno de los dos. No se como estarás... espero que si has conocido a alguien hayas tenido mejor suerte que yo. Y en realidad también para así de una vez por todas dejar de soñar contigo. Dejarte ir. Que no me duela pensarte sino que ría al recordarte, como una de las etapas más preciosas de mi vida, como esa persona que robó mi corazón al compás de Sabina y se lo llevó lejos. Me enamoraste de forma clásica en este tiempo tan moderno y me sentí la mujer más afortunada del mundo. Y no fui capaz de mantener esa chispa, esa llama, hasta que se consumió. Mala suerte no haber reparado antes en las ascuas que quedarían, porque son las que de verdad queman hasta lo más profundo, el calor que más tarda en irse.

Si, es cierto, tengo las hormonas un poco revolucionadas, estoy ligeramente más sensible, a parte de mis neuras a las que conoces de sobra. Me conociste mejor de lo que me conocía yo misma. No es justo que hayamos terminado así. ¿Sabes una cosa? A día de hoy todavía guardo una pequeña esperanza, muy al fondo. Pienso que si el destino nos puso en el camino a lo mejor todavía tenemos otra oportunidad. Porque la vida no puede ser tan injusta y tan cabrona. Me niego a pensar que algo tan bonito no hubiese podido tener una vida mejor, una en la que pudiésemos cocinar juntos, riendo mientras nos manchamos con los ingredientes, comiéndonos a besos antes de probar la comida. Cumplir un poco con algún cliché, de eso trata un poco el amor también, ¿no?

Si te soy sincera, llegados a este punto no se en realidad a donde quiero llegar. Quería hablar contigo y las palabras están saliendo solas, a borbotones. A lo mejor estoy vomitando todo eso que tenía que haber dicho antes, a lo mejor callándome lo que todavía siento no me estoy ayudando. Hace ya más de tres meses que dejaste de sentir lo mismo y hace ya más de tres meses que yo estuve más enamorada que nunca. A lo mejor fuimos a velocidades distintas, a lo mejor no supe reaccionar, a lo mejor no lo supe llevar de la forma correcta. A lo mejor fue todo un entrenamiento... Cruel entrenamiento. Cruel suposición.

Quiero y no quiero seguir aferrándome a ti de esta forma tan frugal. No quiero estar un día como si nada hubiera pasado y al otro derrumbada. Pero no se tampoco si eso es lo normal. No se nada, y eso me desespera.

Te echo de menos. ¿Sería demasiado políticamente incorrecto saludarte un día sólo con esa frase? Los "te echo de menos" siempre van cargados, son como granadas sin arandela, están destinados a estallar de alguna u otra forma. Aunque en estos meses nos los hemos dicho de una forma más superficial, en el fondo se que llevan algo. El sentimiento o simplemente por quedar bien. Pero no van vacíos. Y aquí estoy, aferrada a uno de esos "te echo de menos" para desahogarme, aunque no sea contigo de verdad, aunque esté un 99% segura de que jamás sabrás de la existencia de esas palabras. Está ese 1% que me dice que las leerás, que sabrás lo que ha rondado por mi mente todo este tiempo, como me siento a día de hoy. Ese 1% que me dice que todavía tenemos oportunidades en el camino, que a lo mejor por azares del destino acabaremos encontrándonos en un mismo lugar físico, a la misma hora, frente a frente y que podré abrazarte como siempre he querido, tan fuerte que me duela, tanto tiempo que el reloj vuele. Aunque sea solo un instante, pero que podré sentirte por fin. Ese 1% que salta como un resorte cada vez que pienso en ti y que me da la vida.

Pero tengo una buena noticia. A estas alturas del camino ya no tengo el dolor en el pecho que me empujó a soltarte toda esta barrabasada. Aunque sigo queriendo saber de ti, que me hables de verdad. Tengo el tono de tu voz en mi mente y esa sonrisa que tenías cuando hablábamos... Dios, no sabes cuánto echo de menos esa sonrisa... Y acaba de caer la primera lágrima. Si, vale, estoy sensible, pero sabes que siempre he sido una tía dura. Anda, ríete, que me lo merezco.

Quizá deba ir parando ya. Espero que estés bien. Y que no me olvides. Yo jamás podré hacerlo.

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