2 abr. 2017

Cristales rotos

¿Sabes ese sonido, como de cristales rotos, que suena en la parte posterior de tu cabeza cuando se te rompe un sueño? CRASH. Y ya nada vuelve a ser igual. Intentas abrirte camino entre la nube de polvo que se levanta, tratando de no pisar ninguna astilla, pero alguna pisas, es irremediable. ¿Qué se ha roto en realidad? ¿Un vaso? ¿Una ventana? ¿Un jarrón? ¿Una figurita de esas que invaden los salones de nuestras abuelas? ¿Toda la cristalería de la que habías hecho acopio con mimo y tesón? ¿Cuántos cristales más vas a clavarte en la planta de los pies hasta darte cuenta del estropicio? No lo sabes. No depende del tamaño de los sueños que se hayan roto, sino de cuán arraigados estuviesen en tu interior.

¿Y ahora qué? La gran pregunta. Esos sucesos del futuro que en tu mente ya tenían la calidad de recuerdo comienzan a desvanecerse lentamente. Los primeros cristales que te clavas pensando en ellos duelen como nunca antes habías sentido dolor alguno, pero, a medida que avanzas, vas perdiendo sensibilidad. Sigues caminando con una suela de cristal que te aísla, en cierto sentido, del resto de astillas.

Hay una pregunta que empieza a atormentarme: el tiempo. ¿Cuándo es pronto? ¿Cuándo es demasiado tarde? ¿Cuándo es el intervalo ideal? El momento en el que dices "a estas alturas ya no me afecta". No hay una medida estándar. Y en caso de haber algún estudio, porque seguro que haberlos, haylos, estoy segura de que cada uno de ellos dirá algo diferente.

Te voy a contar la verdad sobre esta Reflexión de Domingo: lleva varios días pululando por mi mente y fue anoche que por fin la apunté. Ya sabes, las mejores ideas vienen en el baño o en la cama. Benditos smartphones con notas y sincronización. Pero estoy medio dormida aún y no logro encontrar las palabras para expresarme en profundidad, pese al enorme café que acabo de meterme entre pecho y espalda. Y Kana Nishino, que me está distrayendo con sus preciosas canciones.

¿Sabes otra cosa que me está haciendo sentir más inspirada? Me estoy entregando a fondo a la lectura de nuevo. No a las velocidades que me gustaría, pero voy recuperando el ritmo. Y todas estas últimas reflexiones. Como que me estoy despertando de este largo letargo de tres años en el que estaba sumida, en el catetismo y la comodidad de la rutina. El desconcierto vital nos ayuda a barajar todas las opciones y a fomentar aquellas más imposibles, a buscar resquicios de posibilidad, a imaginarnos de una forma diferente, pero en cierto punto, real. Gracias a estas reflexiones y a un poco de trabajo de campo involuntario, (ya te contaré como es eso del "trabajo de campo involuntario"), he llegado a la conclusión de que he estado enfocando mal la ley de la atracción todo este tiempo. Que aquella vez en la que dije "¡es cierto! ¡Lo conseguí! ¡Existe realmente!" fue una mera casualidad, puesto que fue un suceso carnal en una fiesta; era más de estadística que de deseo. Ocho añazos que me ha costado darme cuenta. Ocho. ¿Por qué ahora todo me remite al número ocho? Siempre he sido fiel amante del siete. Nana significa siete en japonés. Aunque si nos remitimos a las referencias japonesas, en la historia de Nana están tanto ella como Hachi. Perro. Ocho. Siempre he dicho que me identifico con ambas "Nanas", aunque siempre haya aspirado a ser más "Nana" que "Hachi". Ahora mismo, en este momento, en esta etapa, soy Hachiko en estado puro, salvo por el cigarro. Con sentimientos intensos, ilusos y puros. Y el puto ocho en todo.

Pero ya te dije hace un par de días que estaba cansada de ver señales en todo. En absolutamente todo. ¿Te he llegado a contar que durante una temporada vi señales en el cuentakilómetros del coche? La curva cerrada que hay después del túnel, justo antes de llegar a mi casa, siempre la subía a 64km/h. Siempre que no tuviese a ninguna tortuga delante. Y empecé a darle vueltas. ¿Mes seis, día cuatro? ¿Día seis, mes cuatro? ¿64 euros para algo? Cuando eso estaba barajando la posibilidad de unas vacaciones en Madrid, así que todo giraba en torno a fechas y números. No amplié mucho más el abanico. Hasta que todos esos sueños se viraron del revés y dejé de ver el 64 como una señal, sino como la velocidad máxima que sería capaz de coger con mi coche en esa curva sin ningún acompañante que sumase peso a la ecuación de la velocidad, el espacio y el tiempo. Estoy tratando de repasar mentalmente la poca física que recuerdo del instituto, pero no me siento en condiciones, así que te agradecería que no te pusieras a buscar los posibles errores que estas afirmaciones contengan.

Señales. Malditas señales. Pero a algo hay que aferrarse a veces, ¿no?

Creo que a pesar de todo, tanta palabrería, todos los días te hablo de lo mismo, de metáforas sobre sueños, de señales y de sensaciones. De sentimientos y racionalidad. Pero son los temas de los que se me ocurren más ideas. Podría decirse que son el fundamento de todas mis creencias, que mi religión es la fe en el tiempo y en las sensaciones. Todos los días quiero creer que puedo aferrarme a ellas, confiar ciegamente y acertar, pero a fin de cuentas, no deja de ser una religión. Hacer actos de fe está bien, pero refugiarse en ellos... termina agotando.

¡No! ¡Basta! No quiero acabar en este tono tan depresivo. Mientras te estoy contando todo esto me ha recorrido el cuerpo un escalofrío y un mareo anormal. Se me ha llegado a nublar la vista por un momento y acabo de sentir miedo. No voy a dejar que mi cerebro vuelva a desconectarse. No quiero hacerle una visita al neurólogo. No quiero seguir sintiéndome tan débil, como una princesa atrapada. Soy una princesa guerrera y lo seguiré siendo por mucho que me pese la espada en las manos.
Porque NADA va a hacer que pierda la fe en mí misma, en que tengo energía y ganas suficientes para comerme el mundo, que pienso hacerlo. Mi final feliz está ahí fuera, huyendo de mi, pero lo que no sabe es que el mundo es redondo, y en algún momento acabaremos alcanzándonos.

Confianza, ilusión y amor propio. Ahora mismo no necesito nada más. La energía para luchar ya la tengo.

Y por si sientes curiosidad, te dejo la canción de Kana que me ha acompañado a lo largo de todo este discurso:



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