14 abr. 2017

Dos lágrimas

Hola. Se que llevo un par de días sin hablarte. No ha sido por falta de tema, sino por falta de ganas. Se que dije que no iba a dejar que eso me influyese, que iba a hablarte cada día para crear el hábito, pero no conté con los momentos en los que me viese más desbordada.

Hace unas dos noches hubo luna llena. ¿Qué tendrán las fases lunares que siempre nos influyen en una u otra manera? Esa noche se me escaparon dos lágrimas. Una por el ayer, otra por el mañana. Y ahí paró. Solo dos. No es una metáfora. Puede que fuese la despedida de una etapa, la apertura de otra. La mente es curiosa, las sensaciones, la sugestión. Bajo la misma luna que nos ilumina a todos lloré por miedo, por tristeza y por expectación. Lloré sin un motivo concreto, y en cuanto recobré el aliento, lloré ya sin ganas. Sin fuerzas.

Pecamos de ingenuos e idiotas muchas veces. Creer que las etapas que estamos viviendo en un preciso instante son estáticas y duraderas puede significar un gran conformismo o una escasa ambición. Si tienes algo de suerte, habrá personas de las que no te desligues a lo largo de todo tu viaje, pero solo si tienes suerte. Amigos del colegio, compañeros de perrerías... a todos nos une algo en su momento, pero al crecer, al vivir, cuando cambiamos en esos aspectos, se acaba el lazo. Queda sopesar si merece la pena empezar una bobina de lazo nueva o tratar de estirar más ese lazo desgastado.

Ya no solo debemos acotar estas reflexiones a las personas que conocemos por nosotros mismos, la familia también son vínculos que no hemos elegido. Y puede salir estupendamente bien como desastrosamente mal. No elegimos nuestra familia. Es un vínculo obligatorio y como toda obligación, termina estallando en la cara tarde o temprano.

Anoche fui a una de las procesiones de esta semana. Las de los jueves y viernes santos son las que más me suelen gustar. Las que muestran la parte más dramática de la historia. Mi madre me llama "sarcástica" por ello. En realidad quiere decir sádica, pero suele confundir los términos y a mi me hace demasiada gracia como para corregirla. Anoche vi al Señor de la Piedra Fría y me resultó curioso como, cada año, la imagen parece más pequeña que el anterior. Tras el paso de esa imagen, tras los feligreses "crucificados" que salen para cumplir promesas; La Dolorosa. De ella me resultó curiosa la sensación de que cada año el puñal de su pecho parece más largo que el anterior. ¿Cambia nuestra percepción de las imágenes por las situaciones que hemos vivido durante el tiempo de por medio? ¿Cambia simplemente por lo que estemos viviendo en ese momento? Esto es igual de aplicable a cualquier tipo de imagen que no veas con cotidianidad. Si no eres una persona excesivamente devota, las imágenes de las procesiones las verás si acaso una vez al año. En conclusión. a donde quiero llegar es a las sensaciones provocadas por elementos en los que no reparamos durante un largo periodo de tiempo.

Desde que estaba en el instituto tengo una caja de tamaño razonable, forrada en terciopelo azul, en la que guardo una cierta variedad de recuerdos: dedicatorias del instituto, tickets de viajes, pasajes, una rosa seca de mi 15º cumpleaños, velas, recuerdos de comuniones... te haces una idea, ¿no? No es una caja que suela abrir y releer a menudo, tengo una idea base de lo que hay dentro de ella y me evoca recuerdos muy bonitos, sin importar como me sienta en ese momento, pero la sensación al verlos nunca es igual, hay algo dentro que se manifiesta de distinta forma cada vez que dedico algo de tiempo a rebuscar de nuevo en su contenido. Si estoy feliz, sonrío y la ordeno de forma que todavía puedan caber más cosas; si estoy triste, suspiro pensando en lo feliz que era sin ser consciente de ello. ¿Llegará el día futuro en el que sonría pensando en hoy y me ría por lo tonta que fui? Por darme cuenta de las cosas que me hacían feliz hoy y no fui capaz de ver hasta ese futuro. Supongo que es ley de vida, será algo inevitable, no puedes avisarte desde el futuro o todos tendríamos vidas idílicas. O estaríamos locos de atar. Imagina que se te aparece tu yo del futuro en el umbral de la puerta pidiéndote paso para entrar a charlar. O recibes un correo con fecha de dentro de diez años. ¿Cuánta fuerza mental tienes que tener para no perder la chaveta?

El ayer duele y conforta a partes iguales. El ayer nos enseña, es nuestro libro de texto, nuestro mapa. El mañana es ese poste lleno de letreros con flechas en todas direcciones esperando una decisión. Si sabemos estudiar el ayer, el mañana debería hacerse más ameno de transitar.

Todo sucede por algo, aunque veamos esos resultados después de haber pasado el duelo, después de haber vuelto a vivir. Pero, aunque ahora nos lo parezca, nunca hay cabos sueltos. Simplemente... son finales impactantes que nos animan a abrir el siguiente tomo para continuar con la historia. Y yo ya estoy lista para comenzar a leer esta nueva historia. Sin dos lágrimas. Puestos a llorar, lloremos a mares. De tristeza, de alegría, de risa, de dolor, de lo que sea. Vaciemos el cargador hasta quedarnos ligeros. Sintámonos realmente vivos.

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