8 abr. 2017

Juegos

Hoy vengo documentada. Empiezo así, directa y sin vaselina. Puedes ir tomando asiento.

¿Conoces la teoría de juegos? Hay algo en ella llamado "juego de suma no nula", algo que a grandes rasgos viene a significar que, en ciertos casos, la dinámica puede derivar en un resultado en el que ambos bandos pierden o ambos salen victoriosos. El ejemplo más común habla de un intercambio de productos entre una nación que produce un exceso de naranjas y otra que produce un exceso de manzanas, ambas se benefician de la transacción.

¿Por qué vengo a hablarte de sumas no nulas? A parte de por ser la jugada ideal, ya que nadie pierde. Pues porque creo que hay situaciones cotidianas, que a lo mejor consideradas de manera inicial como suma cero, pueden llegar a convertirse en suma no nula. Parece que se muy bien de lo que hablo, pero no te creas, he teorizado lo justo para desarrollar mi propia situación.

Resulta que es muchísimo más sencillo de lo que pueda parecer en un principio. El silencio es un juego de suma cero. El diálogo es un juego de suma no nula. Con las premisas que te he dado, puedo ahorrarme las explicaciones aplicadas a este caso, ¿no?

A estas alturas imaginarás que tengo la cabeza llena con las palabras adecuadas, los discursos perfectos, todo listo en el cargador para ser disparado. Uno tras otro. Dos segundos de tregua. Siguiente asalto. Y sabes tan bien como yo que no va a ser así. Porque la vida real no se asemeja a los escenarios que nos creamos en nuestras mentes, siempre hay factores con los que no contamos, ya sea por desconocimiento o por conocimiento pero fe en que no van a influir.

Siempre se piensa que un juego de suma cero es más satisfactorio. Yo gano, tú pierdes. Es equitativo y no hay cabida para resquemores. Yo no lo creo así. Si ganas mucho y tu adversario pierde la misma cantidad puede llegar el momento en el que se convierta en una situación cruel. Equilibrio, equidad, igualdad, términos que están tan de moda pero que seguimos sin comprender del todo. La suma no nula también tiene un equilibrio, pero ambos bandos saldrán victoriosos, ambos estarán contentos y a gusto con el resultado. Esa es la gran diferencia. Porque vamos, ¿de verdad hay alguien a quien le encante perder? ¡Oh si! ¡He perdido todo mientras mi adversario ha ganado! ¿Existe algo mejor en este mundo? Bien podrías decirme ahora que lo que tengo es "mal perder". Competitividad, filosofía deportiva, como quieras llamarlo. No hay deportividad en el regodeo ni en el egoísmo. Enmascaramos el buen ganar en competitividad sana, relegamos el buen perder a la falta de importancia de la partida por parte del perdedor. Damos la vuelta a todo para que los factores siempre estén a nuestro favor, para sentirnos mejor con nosotros mismos a pesar de lo que hayamos hecho.
Si nos derivamos a temas éticos y morales, ¿cómo los aplicaríamos aquí, a día de hoy? Fácil, cuando el orgullo está en juego, a la ética y la moral les falta tiempo para saltar por la ventana.

Estamos a tiempo de convertir este juego de suma cero en uno de suma no nula. No se por cuanto tiempo, pero aún hay un resquicio de esperanza.

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