1 abr. 2017

Todo es un teatro

¿Qué esperas que venga a contarte hoy? Así como inciso, no me había dado cuenta de que me estoy refiriendo a ti en términos muy generales, no tienes un género determinado en mis palabras y casi prefiero que siga siendo así, A ver si ahora, tras haberlo pensado, va y se me escapa alguna partícula condicionante. Estaría gracioso.

El caso, tenía ganas de escribirte pronto, con la mente fresca, todo lo fresca que soy capaz de tenerla ahora mismo. ¿Sabes por qué escucho a Linkin Park en bucle y a todo volumen? Porque es lo único capaz de tenerme la mente despejada y vacía. Me enseña a no pensar. Me hace darme cuenta de que no necesito pensar tanto, simplemente dejarme llevar. He tardado, pero me he dado cuenta después de todo.

Quería contarte que ayer fui al teatro. Había entrada libre y hacía años que no iba a una representación. Y fue maravilloso. La pasión con la que las escenas son representadas, como la historia te cala más hondo que a través de una pantalla. Y los aplausos. Ese aplauso interminable al final en el que el público se pone de pie y vitorea, como si hubiesen descubierto un nuevo mundo, hubiesen vuelto a nacer, y toda esa nueva energía tuviese que ser canalizada a través del entusiasmo, agradecimiento por haberlos hecho sentir un poquito más vivos. El entorno del teatro, esas butacas tan angulosas pero, a la vez, tan cómodas, los detalles, la escena que, aunque estática, daba tanto juego en su sencillez. El teatro tiene algo que a veces olvidamos, la importancia de los detalles; cada grabado en la pared, hecho con mimo y tesón; el telón, tan perfectamente colocado, como si cada espacio entre pliegue y pliegue tuviese que medir lo mismo. No solo los detalles físicos, el teatro es otro mundo completamente distinto. Conserva un protocolo que a día de hoy ya casi se considera perdido. Un pequeño reducto de clase y buen comportamiento sin necesidad de resultar pedante o de tener el bolsillo lleno. Habían pasado unos ocho años desde mi última ida al teatro y había olvidado lo mucho que me gustaba. ¿Sabes una cosa? Fue la primera vez que no me sentí mal cuando el acomodador me preguntó con una amable sonrisa, "¿vienes sola?". Asentí sonriendo y tomé asiento en una fila ideal, mejor que si yo misma hubiera elegido butaca y no hubiese venido pre asignada en la entrada.

Creo que, a fin de cuentas, siempre me he tomado mi vida como una obra de teatro. Le he puesto pasión a las cosas que he hecho, he memorizado libretos que yo misma he configurado en mi mente para decir lo apropiado según la situación, he reaccionado de formas pasionales, quizá un poco exageradas, pero ya sabes como soy, pienso antes con el corazón que con la cabeza. A día de hoy siento que eso es algo que me ha dado más disgustos que alegrías, pero no pierdo la fe en que el algún momento llegue a darme cuenta de que ha servido para algo bueno. Puede que el problema radique en que no he encontrado a nadie en el camino con la misma pasión que yo. El resto del mundo es más esquemático, más prediseñado, más elemental (mi querido Watson); y, sinceramente, me parece algo triste. Si el mundo sintiese más y pensase menos, a lo mejor nos iba de otra manera. Nos enseñan a ser esquemáticos, a usar la cabeza para memorizar letras y razonar números, pero no a la inversa. ¿Y con el corazón? ¿Qué pasa con él? Es el órgano principal del cuerpo. El músculo que bombea sangre y vida hacia todas y cada una de las partes de nuestro ser. Entonces, siendo el que nos mantiene vivos, ¿por qué no le damos la importancia que realmente tiene? El cerebro tiene el raciocinio que nos hace meditar estas cosas, pero sin la sangre que le envía el corazón no sería capaz de funcionar por sí solo. Por eso algo falla en la educación. Nos enseñan a usar el cerebro de forma automática, como si fuese una máquina, pero se les olvida todo lo demás. El término asertividad es algo que puede que conozcas en algún momento de tu vida, pero casi siempre será cuando seas más adulto, y no me parece adecuado. Debería de ser un rasgo que se desarrolle desde una edad temprana para poder crear personas más sociables, abiertas y comprensivas. Porque en la asertividad, uno de los mantras fundamentales es el "yo siento", y exponer los sentimientos no es fácil, no sabes como van a ser recibidos. Deberíamos de impartir una educación un poco más sentimental y un poco menos esquemática, a lo mejor así dejaríamos de ser tan herméticos con lo que sentimos, a lo mejor así conseguimos reducir los momentos de lágrimas y ampliar los de risas.

A veces hablo como si fuese a conseguir que el mundo cambie con mis palabras. ¡Ojalá! De verdad lo consiguiera. No pido que todo el mundo sea tan gilipollas y tan iluso como yo, pero que al menos la bandera conquistadora esté afincada en el corazón y no en la parte chunga del cerebro.

Hay tantas, tantísimas cosas que quiero contarte. Hablar y hablar hasta quedarme sin saliva. Hablar hasta conseguir que me entiendas igual o más de lo que me entiendo a mí misma. Que intentes racionalizar mis sentimientos y yo intente sentimentalizar tus razonamientos, consiguiendo un equilibrio perfecto, un yin-yang que no se reduzca sólo al "bien dentro del mal" y "el mal dentro del bien". Pero no puedo, porque mi boca ya no sabe hablar y hay momentos en los que pienso que tus oídos no saben escuchar.

He aprendido a base de palos que nadie es imprescindible y que, obviamente, yo tampoco soy la última coca-cola del desierto. Pero como dicen por ahí, haz el bien y no mires a quién, y eso se devolverá en algún momento de tu vida. Aunque los sentimientos que demuestres no sean correspondidos, no te los guardes; si alguien es especial para ti, demuéstraselo, a lo mejor en algún momento lo tendrá en cuenta y, en caso contrario, al menos tendrás la tranquilidad que da el haber sido completamente transparente. Porque exponer tus sentimientos no te hace más vulnerable, sino más valiente.

Voy a volver a ponerme Hybrid Theory. Llegados a este punto se me han quitado las ganas de pensar. Siento si hoy he sonado un poco más tristona, ya sabes, los altibajos. Te has convertido en mi pañuelo de lágrimas, aunque echo de menos un hombro firme sobre el que llorar.

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